El otro día fui a una gran superficie (no digo el nombre, no sea que vayáis a creer que alguna de la competencia sea mejor) a comprar, entre otras cosas, un surtido variado de bombillas. El azar, una sincronización perfecta de su obsolescencia programada, o irregularidades de tensión de mi muy amada (tampoco especifico) compañía suministradora de electricidad, las han hecho morir en un par de semanas en número desproporcionado.
Lleno de espíritu cívico y conciencia ecológica, llevé a las difuntas al centro, donde la empleada del punto de información me indicó que encontraría el depósito para reciclado en el pasillo de la propia sección de iluminación.
... Pero allí no hay tal cajón o contenedor de lámparas viejas. Pregunté de nuevo, y el trabajador de la sección me explicó que hace meses fue retirado, parece que porque algún superior pensaba que estropeaba la hermosa estética del pasillo.
Tranquilamente abandoné la bolsa de bombillas viejas en medio de la tienda. Los que presumen en su publicidad de comportamiento ecológico, y editan en autobombo tan magníficas memorias de sostenibilidad, a buen seguro les dieron el adecuado tratamiento.