A cuenta de que ayer los ecologistas montaron una notoria manifa en Madrid, donde "Fukushima nunca más" fue la consigna de más éxito, confesaré que, junto a otros daños colaterales muchísimo más graves, Fukushima me ha arruinado largos esfuerzos de autoconvencimiento pronuclear. Claro, intentaba yo pensar, dos opuestos como Felipe y Josemari no se pueden equivocar en lo mismo. La conversión no llegó, porque estos próceres y demás sabios, con sus llamadas a una reflexión serena y sin dogmatismos, no me habían terminado de resolver algunas últimas dudas, a saber:
- Cuanto cuesta esta juerga, y quién lo paga, poniendo evidentemente también en la factura la lista de los daños colaterales aludidos
- Aun pagando (los de siempre), cómo dan garantías de que, por decenas o incluso cientos, las generaciones por venir van a seguir limpiando las guarrerías que les encomendamos en herencia
- Teniendo en cuenta el doble uso "natural" de la tecnología, quién y con qué derecho decide los que merecen beneficiarse de tan estupendos recursos y los que no, para empezar, y para terminar, qué medios piensan utilizar para cumplirlo.
Definitivamente, no voy yo a ser más sarkozista que Merkel.
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