La crisis ucraniano-ucrania (la Academia da por buenos ambos gentilicios, el señor Google ninguno) me tiene un tanto intranquilo, no lo entiendo bien. Cuando lo normal en esta clase de conflictos globalizados (verbigracia, Irak, Libia, Somalia...) es que los dos bandos compitan en mentir estrafalariamente, en éste, en cambio, dicen los dos la verdad, de algún modo al menos:
- Obama y los merkelinos dicen que (el hijo de...) Putin y los suyos, ocupación militar mediante, han forzado la secesión ilegal de parte de un Estado soberano, y es completamente cierto.
- Los otros dicen que se ha derribado un gobierno legítimamente elegido con un golpe de Estado, de forma violenta, y eso también es absolutamente cierto. Y con el agravante de que ya había un acuerdo para organizar unas nuevas elecciones en muy poco tiempo. El buen rollito en el campo golpista no ha durado mucho: se han liado a tiros ellos mismos, matando a uno de los capos del sector más facha. Creyeron necesario dar una justificación democráticamente presentable y les salió una versión eslava del 'finiquito diferido'.
Pero no vengo yo hoy a mediar entre tan buena y civilizada gente. Lo que motiva esta columna es una gran compasión hacia la inmensa mayoría de los ucranios de un lugar y el otro. Se han echado a la calle en masa para defender sus derechos y condiciones de vida, por un futuro democrático (como muchos otros alrededor de todo el mundo), y han tomado a nuestra Unión Europea como un modelo a seguir, y nuestros jerarcas, tan magnánimos, en un plis-plas, les "damos" como recompensa unos préstamos de unas decenas de miles de millones, generosamente a cambio de ¡¡un programa de "reformas"!!
Si (el hijo de...) Putin se sienta a esperar pacientemente y no la lía parda, en no mucho tiempo la rusofilia volverá a prosperar en Ucrania. Pero, en vista de su C.V. no hay que tener demasiada confianza en que se cumpla el condicional. No sería una sorpresa que la cosa empeore, y mucho.
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